Se escribió sobre el escritorio...
Todos tenemos
un dulce olor
a putrefacta fruta
mordida y desechada.
El perfume íntimo
de la carne cruda
y la flor
envenada.
Crecemos presos
de algún sueño por enarbolar,
de alguna bandera que nuestros padres
no alcanzaron a izar.
Luego con los años
los infortunios del destino
van marcando,
como cicatrices, heridas
que con el tiempo
van cerrando.
Las edades en que el cuerpo
la piel
va mudando,
todas ellas son signo
de la vida
que se va escapando.
Y corremos,
sonreímos
y lloramos.
Apostamos a vivir el sueño,
la ofrenda que a diario
consagramos;
en el Olimpo,
en el ocaso.
Cenit del peregrino
en busca de lo que en el vacío,
en la carne
se le ha depositado.
Todos tenemos el olor
del encurtido,
la conserva que se ha caducado.
Del aroma que escandaliza
cuando el contenido
del estuche
es vaceado.
El abrelatas
es la vida,
el adminículo
de lo necesario.
Los vapores que nos simplifican
todos en la escena del mundo
se han desintegrado.
El perfume.
La primera esencia
de lo ignorado.
En él se esconde
la sustancia de lo trasmutado.


