Vuelvo.

martes, mayo 22, 2012

El Perfume.

Se escribió sobre el escritorio...


Todos tenemos 
un dulce olor
a putrefacta fruta
mordida y desechada.
El perfume íntimo
de la carne cruda
y la flor
envenada.


Crecemos presos
de algún sueño por enarbolar,
de alguna bandera que nuestros padres
no alcanzaron a izar.


Luego con los años
los infortunios del destino
van marcando,
como cicatrices, heridas
que con el tiempo
van cerrando.


Las edades en que el cuerpo
la piel
va mudando,
todas ellas son signo
de la vida 
que se va escapando.


Y corremos,
sonreímos 
y lloramos.


Apostamos a vivir el sueño,
la ofrenda que a diario
consagramos;
en el Olimpo,
en el ocaso.
Cenit del peregrino
en busca de lo que en el vacío,
en la carne
se le ha depositado.


Todos tenemos el olor
del encurtido,
la conserva que se ha caducado.
Del aroma que escandaliza
cuando el contenido
del estuche 
es vaceado.


El abrelatas 
es la vida,
el adminículo 
de lo necesario.
Los vapores que nos simplifican
todos en la escena del mundo
se han desintegrado.


El perfume.
La primera esencia
de lo ignorado.
En él se esconde
la sustancia de lo trasmutado.

domingo, mayo 20, 2012

Vete de Mí.

Se escribió sobre el escritorio...



Esconde la trementina 
en tu obituario
donde no pueda oler 
tu fragancia fatal.
El néctar de tu saliva aleja
de mi herida mortal.


¿Acaso no ves que palidezco
si no te dejo de mirar?


La Luna me espera
en mi marcha funeral
mientras una constelación florece
en el cielo astral.


Sinfónicas notas suenan
y me dejo trasmutar,
todo en mí se eleva
se hace más perpetuo al agonizar.


Por eso,
vete de mí
como los años.
Tan sólo vete
y sé parte del pasado.


No esperes la despedida.
Sólo marchate,
sin dejar huella
ni aviso
de que te has marchado.


Vete lejos
no mires hacia atrás.
Abandona lo que ha sido
y no vuelvas
a mi altar.


Las flores del florero cuelgan,
la luz empieza a brillar
y yo guardaré tu retrato
para no saberte más.

viernes, mayo 18, 2012

Dos van (Velada para los valientes).

Se escribió sobre el escritorio...


Dos van.
Caminan la vida.
Transitan las esquinas 
de sus despoblados horizontes
surcados de naufragios.


Advierten que los pasos
de las huellas que han dejado,
permanecerán para siempre
en la memoria
de sus resabios.


Ausentes,
pero siempre con el presente
en sus manos;
como sabiendo que el ahora
es una apuesta, 
parte del trato.


Se aman
y en la ausencia de la culpa
encuentran la cura
para enfrentar la soledad
de la que son esclavos.


Dos van,
cruzan la acera.
Deciden un intento
para alcanzar
lo que sueñan.


Ellos y ellas
se han depositado
en la esperanza suprema
que representa
el vivir,
a pesar de los años.


Juntos van
como faroles con lucecitas
en la noche espesa,
con promesas floreciendo
como botones 
de sus camisas viejas.


Dos van
al compás 
de lo que se espera.
Bailando la tonada
que la estación
les recrea.


Compañeros
y amantes,
enemigos 
y perros fieles,
se bandean entre las excusas
por el costo 
de lo que ya no se puede.


Ellos y ellas
en la premisa de lo que se siente.
La velada precisa
para los valientes.


Dos van
tras atardeceres,
como lo que se busca
cuando se evoca a la muerte.

jueves, mayo 17, 2012

Laberinto Cuerpo.

Se escribió sobre el escritorio...


Toda la noche caminé
en tu laberinto cuerpo,
buscando la salida
y no encontré sino tu adentro.


Los pliegues en tu holganza
me llevaban hacia un agujero,
a una espesa llanura,
montaña de tu aposento.


Y yo insigne andaba
urgando entre los rincones de tu plexo,
la guarida que atesoraba
ése secreto desasosiego
que tanto ardía
y que como deseo que se me revelaba
cada vez que tu espalda
cabalgaba a contraluz,
y un nudo
se descocía 
en mi cuello.


Buscaba en tus recodos,
en tus finos talles
donde está la vida,
allí me detenía
a observar tu epifanía.
La recamara toda se encogía
y un chillido se escuchaba
justo en el orgasmo,
en la estadía.


Y fué justo en ése momento
que entendí el secreto de tu huida:
toda vez consumado el acto,
todo tú te desvanecías,
te me hacías pura agua,
como líquido
te me escabullías.


Entre fluídos,
entre espacios,
respiración breve
y entre líneas;
así mismo era tu rapto
bombeaba la sangre
y ahí mismo 
te me hundías.


Toda la noche anduve,
en tu laberinto cuerpo
y me quedé cautiva
como mino-tauro
y en celo.

lunes, mayo 14, 2012

Las incansables - A las madres.

Se escribió sobre el escritorio...


Madrugan al alba
y al Sol
con la cara desteñida
regalando su primera sonrisa
en busca de una nueva
mañana.


Incansables,
guerreras de lo cotidiano.
Se entregan todos los días
sin esperar
nada a cambio.
- Sólo esperan -
las caricias de sus hijos,
los besos de bienvenida
y las palabras
que han enseñado.


Sus cuerpos
son señal y síntoma
de que la vida
se les ha alumbrado,
en ellos permanecen las heridas
las marcas imborrables
de sus pasados.


Ellas,
todas madres
llenas de hijos
no sólo
los engendrados.
Madres de nuestros sueños,
nuestras esperanzas
y amparos.


Son todas ellas
raíz
y flores
de nuestro árbol.
Los frutos de nuestras vidas
son a ellas
a quienes los ofrendamos.


Sus más preciosas perlas
se enlucen
cuando en nuestra llama
su amor
encendido guardamos.


Las incansables.
A ellas, 
a quienes 
les debemos tanto.
A la madre que en el desvelo
cuidó nuestras febriles noches,
y abrazó hacia su pecho
nuestro existir,
por ella sobrehumano.


Madre.
Incansable,
a vos
que la vida
ha engalanado.
A vos un poema,
una prosa,
un canto.
Todo en ti se compone
como una partitura,
una melodía
o un relato.
Todo en ti 
es una urdimbre
de mis hilos,
cordón que siempre vuelve a vos
a pesar de los años.


Las incansables.
Madres.
A quienes la maravilla sonríe
y a quienes tanto amo.

domingo, mayo 06, 2012

La Cenicienta.

Se escribió sobre el escritorio...
- Vanidad -.
Yo le dí de comer a las moscas,
a los moscos.
Tendí trampas,
anzuelos
y fui ramera.


Mi dignidad costó
más de una moneda.
Una libra de carne,
- tal vez -
una servilleta.


Usurpaba lo que robaba,
descocía
lo que no tenía
remienda.
Era cruel,
vil cuchillo;
serpiente que trepaba
entre acantilados y hiedras.


Me bebía lo poco que conseguía,
despilfarraba
aún con el bolsillo
agujereado
por las deudas,
el licor y el cigarrillo,
la anestesia local
para mi vergüenza.


Los amantes 
devoraban mis vísceras,
la piel me la rasgaban
con sus uñas
y agudos colmillos.


Me pintaba los labios
después de una noche
en que los desangraba
hasta la pérdida.
De rojo me los cubría,
y las mejillas espolvoreaba
con un poco de rubor,
almizcle
no precisamente de pena.


Calle arriba,
calle abajo;
las puntillas 8 1/2
ni siquiera me fastidiaban.
No me causaban remordimientos,
talladuras 
o callos.


El vestido era el mismo
¿para qué cambiarlo?
si terminaba hecho jirones
por el desorden,
desgarrado.


El espejo me esperaba a las doce,
hora nupcial del encanto.
Todo en mí palidecía
y era vanidad,
la que me salaba
los labios.

Constelaciones.

Se escribió sobre el escritorio...






Yo hubiera podido besarte,
tal vez de sorpresa.
Tus labios humedecidos de mi saliva,
mi aliento en tu lengua.


Todo lo hubiera podido
y sin embargo,
no estoy resuelta
para las migajas 
me hace falta 
la cena.


Del plato
es fácil tomar
lo que se desea.
Del mantel y el brocado,
se coge 
lo que sólo queda.


Dominé entonces mi sentido,
mi ansia
se me coronó de lentejuelas,
y mis besos cruelmente entumecidos
se me fueron a las estrellas,
a bailar a la Luna
a parir una noche nueva.

sábado, mayo 05, 2012

Los Imposibles.

Se escribió sobre el escritorio...



Tal vez los imposibles
me seducen hasta la médula,
hasta el cansancio me excitan
porque me hacen trémula.


¡Deliro!
¡Ah, cuánto cuestan!
que alguien me pinche
con una agujeta.


Desvarian mis instintos,
y se me adormece la lengua
esperando a que ocurra
lo que tan sólo se sueña.


Y las posibles posibilidades
se me cruzan por la cabeza
y ninguna se sucede
por ser simple entelequia.


¡Deliro!
¡Ah, cuánto cuestan!
y me desangran las negativas
de sus contrariadas
respuestas.


Tal vez los imposibles
aman mi esencia
la de un cristal opaco
que sólo brilla 
con luz ajena.


Me han de encontrar apetecible
para sus vanidades,
excéntrica;
para los vacíos que sobreviven
muy a mi pesar 
en sus conciencias.


¡Deliro!
¡Ah, no me desalientan!
la necedad es mi constante
apetito
que no cesa.